Ansiedad al empezar el curso: cuánto dura la adaptación de un niño
En septiembre las primeras mañanas de colegio son ruidosas y eso entra dentro de lo esperable. Hay padres que vienen ya en la primera semana y otros que piden cita al mes de empezar el curso, cuando el niño ya se sabe el camino, ya conoce a la profesora, ya ha hecho el primer examen, y sigue diciendo a las siete y media de la mañana que le duele la tripa.
Distintos tipos de preocupaciones en los niños
Cuando se sigue a un grupo de escolares a lo largo del cambio de primaria a secundaria, se ve que las preocupaciones bajan bastante una vez hecho el cambio (Rice et al., 2021). Bajan, no desaparecen. Y no bajan todas igual: se van casi solas las de logística, perderse por el edificio o no llegar con los deberes, y aguantan mucho más las de perder a los amigos de siempre, el miedo a que le hagan la vida imposible o el miedo a la bronca.
Que una preocupación siga viva en octubre es normal; nos importa saber más cuál es, qué es exactamente lo que le preocupa. Orientarse y organizarse se arregla con repetición. El trato de los demás no se arregla solo, porque no depende del niño.

El dolor de tripa es verdad
Los niños que acaban rechazando ir al colegio lo cuentan casi siempre con el cuerpo: dolor de tripa, dolor de cabeza, náuseas, vómitos, mareo, cansancio, el corazón que va rápido (Di Vincenzo et al., 2024). Aparece los días de colegio, se apaga el sábado, y eso lleva a pensar que el niño lo está fingiendo.
No lo está fingiendo. El dolor existe y se le nota en la cara. Lo que pasa es que lo produce la ansiedad y no una gastroenteritis. Decirle «no tienes nada» es inexacto y no suele ser buena idea, porque el niño no aprende a relativizar, aprende que lo que siente no se puede contar en casa, que no le van a creer.
Dos edades importantes
Entre dos y cinco de cada cien escolares pasan en algún momento por un rechazo escolar, y hay dos momentos donde aparece más: hacia los cinco o seis años y hacia los diez u once (Di Vincenzo et al., 2024). Son la entrada al colegio y los años previos al instituto.
Lo que pesa, entonces, no es tanto el curso como el cambio. Un niño que lleva tres años en la misma clase empieza su octavo septiembre sin novedad; ese mismo niño, el año que cambia de etapa, de edificio o de grupo, puede tener una adaptación difícil sin que le haya pasado nada malo. Conviene tenerlo en cuenta antes de buscar una causa oculta.
Las famosas batidoras, o reordenación de los grupos de una misma línea son igualmente un momento de cambio añadido. En ocasiones hacen que el alumno se pase el verano agobiado pensando con quién le tocará. Aunque se intentan hacer con criterio y respetar preferencias, como es de suponer, es imposible acertar con todas y prever todas las situaciones.
Qué podemos hacer los padres
Cuando un niño se angustia, nos sale hacer lo que haría cualquiera: quitar de en medio lo que le hace llorar. Entrar con él hasta la puerta del aula, llevarle en coche en lugar de en autobús, escribir nosotros el correo a la tutora, dejarle quedarse un día, que total es un día.
Todo eso funciona, y ese es el problema. El llanto para en el momento y el alivio inmediato es tan convincente que nadie mira el plazo largo. Es como sacar al niño del agua en cuanto se asusta: se queda tranquilo, pero no aprende a nadar.
Es perfectamente comprensible hacer esto, lo llevamos en el instinto de protección: tu hijo sufre y quieres ayudarle. Lo bueno de saber esto es que podemos modificarlo y cambiando nuestro comportamiento podemos ayudar a reducir la ansiedad del niño. Ojo, no se trata de hacer lo contrario e irse al otro extremo… se trata de posponer nuestra ayuda inmediata para que sea él solo quien vaya encontrando la seguridad de forma autónoma.
Esto que en casa se hace sin pensar tiene nombre en la investigación, acomodación familiar, y se ha visto que va de la mano de la intensidad de la ansiedad del niño, sobre todo cuando lo que más le pesa es separarse (Iniesta-Sepúlveda et al., 2021).

Primero se vuelve y después llega la calma
Aristóteles decía de las cosas que hay que aprender a hacer: se aprenden haciéndolas. Un niño no se convence primero de que puede entrar solo y entra después; entra, y de ahí saca la prueba. Esperar a que esté tranquilo para que vuelva invierte el orden, y lo que se consigue es alargar la espera, porque la tranquilidad no se fabrica en el sofá de casa un martes por la mañana.
Por eso el trabajo en terapia infantil empieza por rebajar la exigencia hasta un punto que el niño pueda cumplir hoy, no por convencerle de que no hay nada que temer.
Cuándo tiene sentido consultar
Diría que el criterio útil no es cuánto llora un día, sino hacia dónde va la tendencia. Si pasan tres o cuatro semanas y la cosa no está bajando, ya no es adaptación. Si además va a más, del llanto en la puerta a no entrar, o de la queja del domingo a la del sábado, no conviene seguir esperando. Y si el malestar se ha salido del colegio y afecta al sueño, a la comida o a los cumpleaños a los que ya no quiere ir, tiene sentido mirarlo con alguien.
Si dudas de si lo que ves en casa entra dentro de lo esperable, en esta guía para padres preocupados están ordenadas las señales. Y si lo que reconoces se parece más a tu propia mañana que a la de tu hijo, quizá te sirva más lo que contamos sobre los síntomas de la ansiedad en adultos.
El salto al instituto trae su propia versión del problema y se trabaja de otra manera, en terapia con adolescentes.
Qué podemos hacer en la puerta
En la despedida de la mañana nosotros también estamos tensos y preocupados, y eso el niño lo nota; además nos lleva a decir cosas que quizá no son las más adecuadas en ese momento:
- «No pasa nada» niega lo que el niño está sintiendo justo cuando lo está sintiendo. Funciona mejor nombrarlo y poner el final a la vista: «sé que hoy te cuesta, te recojo a las cinco en la puerta de siempre».
- «Si a las once sigues mal, me llamas y te vengo a buscar» parece un apoyo y es una carga: le deja la mañana entera vigilando cómo se encuentra, y nadie se calma mientras se examina.
- «Voy a estar aquí en el coche todo el rato«, que es como decir «estaré cerca de aquí para que estés calmado», y cada vez que recuerda que estás ahí fuera se angustia porque se le hace patente su situación.
Lo demás es más sencillo de lo que parece. La despedida corta, porque alargarla no la hace más suave. Y contarle lo que viene después de clase, que es la parte del día que el niño todavía no ve.
La coordinación con el cole
Algo que muchas veces no se hace por miedo a que el cole piense que somos unos neuróticos, o que no somos buenos padres o cualquier cosa; sin embargo, tanto el tutor, como el orientador o la enfermera son profesionales que están más que acostumbrados a estas situaciones, que no tienen la ansiedad que tenemos nosotros por ver sufrir a nuestro hijo, lo que les hace más objetivos y pueden ser un observador valioso de cómo se encuentra el niño media hora después de empezar, cómo está en el recreo, etc y pueden intervenir y ayudar a nuestro hijo, ver si hay más problemas, etc. Tener informado al tutor y buscar una comunicación bidireccional de estas situaciones es una práctica muy recomendable.
Si el curso ha empezado mal en tu casa y la cuarta semana se parece demasiado a la primera, en Psicoprotego podemos ayudarte a ordenarlo. Sin compromiso y a tu ritmo: cuéntanos qué está pasando.
Preguntas frecuentes
¿Es normal que mi hijo llore todas las mañanas la primera semana?
Sí, y más en los cursos de cambio de etapa. Lo esperable es que ese llanto sea cada vez más corto y que más adelante deje de aparecer. La primera semana sola no informa de mucho; la comparación entre la primera y la cuarta, sí.
¿Le dejo faltar un día si lo está pasando muy mal?
Un día suelto no rompe nada. Lo que conviene vigilar es que ese día no se convierta en la solución disponible, porque cada falta hace la siguiente mañana un poco más difícil. Si ya han caído varios días, el asunto ha pasado de adaptación a otra cosa.
¿Y si el dolor de tripa resulta ser algo físico?
Siempre hay que considerar lo físico. Merece la pena descartarlo con el pediatra, sobre todo si el dolor también aparece los fines de semana y en vacaciones, y el patrón de días de colegio frente a días libres es la información que más le ayuda a él. Es una buena idea hablarlo con la enfermera del cole.
El que está nervioso en casa soy yo. ¿Eso cuenta?
Cuenta, y no como reproche. La ansiedad de los padres aparece entre las cosas asociadas al rechazo escolar, y es de las que se pueden trabajar (Chockalingam et al., 2023). Por mi experiencia, muchas veces se avanza más atendiendo a los adultos de la casa que persiguiendo al niño.
Referencias (4)
Chockalingam, M., Skinner, K., Melvin, G. y Yap, M. B. H. (2023). Modifiable parent factors associated with child and adolescent school refusal: A systematic review. Child Psychiatry & Human Development, 54(5), 1459-1475.
Di Vincenzo, C., Pontillo, M., Bellantoni, D., Di Luzio, M., Lala, M. R., Villa, M., Demaria, F. y Vicari, S. (2024). School refusal behavior in children and adolescents: A five-year narrative review of clinical significance and psychopathological profiles. Italian Journal of Pediatrics, 50(1), 107.
Iniesta-Sepúlveda, M., Rodríguez-Jiménez, T., Lebowitz, E. R., Goodman, W. K. y Storch, E. A. (2021). The relationship of family accommodation with pediatric anxiety severity: Meta-analytic findings and child, family and methodological moderators. Child Psychiatry & Human Development, 52(1), 1-14.
Rice, F., Ng-Knight, T., Riglin, L., Powell, V., Moore, G. F., McManus, I. C., Shelton, K. H. y Frederickson, N. (2021). Pupil mental health, concerns and expectations about secondary school as predictors of adjustment across the transition to secondary school: A longitudinal multi-informant study. School Mental Health, 13(2), 279-298.
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