Cómo es una sesión de EMDR, minuto a minuto
Casi nadie llega preguntando si el EMDR funciona. Eso ya lo han leído. Lo que sí se pregunta y a veces no se pregunta pero inquieta es otra cosa: qué va a pasar exactamente durante esa hora, cuánto van a tener que contar y si en algún momento van a dejar de controlar lo que sienten.
Es muy razonable y normal preguntarse eso y, por supuesto, tiene respuesta concreta.
Antes de que haya movimientos oculares
La imagen que circula del EMDR, el terapeuta moviendo dos dedos delante de los ojos del paciente, corresponde a una parte del tratamiento y no a su comienzo. El protocolo completo tiene ocho fases (Shapiro, 2018), y las dos primeras se dedican a la historia clínica y a la preparación. Antes de acercarse a un recuerdo difícil hay que saber qué recuerdos hay, cuál conviene abordar primero y con qué recursos cuenta la persona para sostener el malestar que va a aparecer.
Eso significa que la primera sesión de EMDR normalmente no es una sesión de procesamiento, y se parece bastante a una primera consulta con cualquier psicólogo. En traumas puntuales pueden bastar dos o tres encuentros de preparación; cuando hay historia larga de adversidad, bastantes más. Nos hemos encontrado con pacientes que llegan decepcionados porque esperaban empezar el primer día, y conviene decirlo antes: saltarse la preparación no acelera nada, complica.
Lo que describo a continuación es una sesión de procesamiento ya en marcha, una sesión estándar normalmente de una hora o a veces de más tiempo:
Minutos 0 a 10: dónde estamos hoy
Se empieza mirando atrás una semana. Qué ha cambiado desde la última vez, qué sueños ha habido, si algún síntoma ha subido o bajado, si ha aparecido algún recuerdo que no estaba en el mapa; también si ha habido sensaciones corporales. Este repaso es importante: el reprocesamiento sigue trabajando fuera de consulta, y lo que la persona trae de esos siete días indica muchas veces por dónde toca continuar.
Si la semana ha sido dura, aquí se decide si hoy se procesa o si toca estabilizar. Esa decisión se toma en voz alta y se comparte.
Minutos 10 a 20: preparar la diana
La diana es el recuerdo concreto sobre el que se va a trabajar. No basta con nombrarlo, hay que perfilarlo, y esa es la parte del protocolo que más sorprende a quien viene de otras terapias porque es muy pautada.
Se pide la imagen que mejor representa el episodio, el fotograma peor. Se busca la creencia negativa que la persona sostiene hoy sobre sí misma cuando evoca esa imagen, formulada en presente: «no valgo», «estoy en peligro», «es culpa mía». Se pregunta qué le gustaría poder creer en su lugar, y cuánto de verdadera le suena esa segunda frase en una escala de uno a siete. Se identifica la emoción dominante y se localiza dónde se nota en el cuerpo. Y se puntúa el malestar de cero a diez.
Ojo, eso no implica tener que contar el episodio traumático con todo lujo de detalles, normalmente no es necesario hacer pasar al paciente por eso; es una de las grandes ventajas de esta terapia para algunos traumas que es muy doloroso revivir.
Todos esos números vuelven al final de la sesión. Son la forma de saber si algo se ha movido de verdad o si el paciente está siendo amable con su terapeuta.

Minutos 20 a 50: tandas cortas y una pregunta que se repite
Aquí entra la estimulación bilateral. Puede ser visual, siguiendo con la mirada un movimiento horizontal, o táctil o auditiva, alternando lados. Se pide a la persona que traiga la imagen, la creencia negativa y la sensación corporal a la vez, y se hace una tanda de unos veinte o treinta segundos.
Al terminar la tanda, siempre la misma pregunta: qué aparece ahora (o qué te viene, o qué notas). La persona dice lo que le haya venido, en una frase o en dos. No hace falta relatar el recuerdo con detalle, ni justificarlo, ni analizarlo. Se toma eso que ha aparecido como punto de partida de la siguiente tanda, y se repite.
Lo que aparece cambia de una tanda a otra y rara vez sigue una línea recta. Puede surgir otro recuerdo de la misma época, o de otra muy anterior. Puede que la imagen se vuelva más pequeña, o más lejana, o que pierda color. Puede aparecer una náusea, un peso en el pecho, un temblor en las piernas. También puede no aparecer nada durante varias tandas, y eso tampoco es un fallo.
La hipótesis que mejor explica por qué esto tiene efecto es la de la carga en memoria de trabajo: recordar algo doloroso mientras se hace una tarea que exige atención deja menos recursos para sostener el recuerdo, y este se recupera después menos vívido y menos cargado emocionalmente (van den Hout et al., 2011). Es una explicación menos vistosa que las que circulan por ahí, y tiene a su favor que se puede poner a prueba en un laboratorio.
Minutos 50 a 65: el cierre
Cuando el malestar de la diana baja hasta cero o hasta lo que sea razonable en ese caso, se instala la creencia positiva con nuevas tandas y se hace un repaso del cuerpo, buscando tensión residual.
A veces la sesión termina sin que el material esté cerrado. Ocurre y está previsto. En ese caso el terapeuta interrumpe el procesamiento con tiempo suficiente, guía un ejercicio de contención y se asegura de que la persona sale de la consulta con la activación bajada. Nadie debería irse a la calle en mitad de una tanda.

Lo que no va a pasar
No es hipnosis. La persona está despierta, orientada, y puede parar en cualquier momento levantando la mano: esa señal se acuerda antes de empezar. No se pierde la conciencia de dónde se está ni se dice nada involuntariamente. Al contrario, el terapéuta estará pendiente siempre de que estés con un pie en el presente, en el ahora.
Como decía antes, tampoco hay que narrar el trauma con todos sus detalles. Para mucha gente es justamente esto lo que le permite empezar.
Los días siguientes
El procesamiento continúa fuera. Es habitual notar más sueños, cansancio, o que aparezcan recuerdos relacionados durante la semana. Se pide llevar un registro breve, dos líneas, para traerlo a la sesión siguiente. Si el malestar se dispara, se llama; no se espera al martes que viene.
Una advertencia que corresponde hacer. Las revisiones más rigurosas encuentran que el EMDR es eficaz en estrés postraumático, aunque sin superar de forma clara a otras terapias centradas en el trauma (Cuijpers et al., 2020; Wright et al., 2024). La Organización Mundial de la Salud lo recomienda desde 2013 junto a la terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma (OMS, 2013). Quien te prometa que es la única vía, o que bastarán tres sesiones, está vendiendo algo. El marco completo lo explicamos en qué es el EMDR y cómo ayuda, y las condiciones concretas en las que trabajamos están en la página de terapia EMDR en Pozuelo.
Preguntas frecuentes
¿Cuánto dura una sesión de EMDR? Normalmente 60 minutos, a veces algo más. Las de procesamiento pueden alargarse, porque abrir una diana y cerrarla en cincuenta minutos obliga a ir con prisa justo donde no conviene.
¿Voy a tener que contar todo lo que pasó? No con detalle. Hace falta identificar el recuerdo y su imagen peor, pero el procesamiento no exige narrarlo.
¿Y si me bloqueo y no aparece nada? Está contemplado en el protocolo. Existen maniobras para desatascar un procesamiento detenido, y un bloqueo persistente suele indicar que falta preparación, no que el EMDR no sirva en tu caso.
¿Puedo hacer EMDR por videollamada? En determinados casos sí, con condiciones que merecen tratarse aparte. La estimulación bilateral se adapta al formato de terapia por videollamada, pero no toda diana es adecuada para trabajarla a distancia.
¿Es normal salir cansado? Sí, sobre todo las primeras veces. Conviene no encadenar la sesión con una reunión exigente.
¿Puedo hacerme EMDR a mi mismo? No debes, no es para nada buena idea. Tampoco que te lo haga un familiar o tu pareja o un amigo. Abrir recuerdos traumáticos exige preparación, protocolo, seguridad y recursos. Debe ser un terapeuta acreditado y con experiencia.
Si estás valorando empezar y te pesa más la incertidumbre que el propio recuerdo, en Psicoprotego podemos resolverte las dudas antes de que decidas nada. Sin compromiso y a tu ritmo.
Psicoprotego es un blog de divulgación. Su contenido no sustituye la valoración de un profesional de la salud mental.